María Fuentes Caballero | médica, partera y educadora de la salud
RESUMEN
En este artículo exploramos y exponemos el patrimonio en y para la salud,
centrándonos en el contexto andaluz, en relación con los saberes y las
prácticas populares. Para ello, debemos contextualizar y resignificar los
términos de salud y patrimonio en la actualidad.
Partimos de una visión holística de la salud y de la consideración de un origen
de esos saberes y prácticas, tanto presentes como pasadas, vinculado a
lo que denominamos el “legado matrilineal”, término complementario al de
patrimonio.
Mostramos cómo las estructuras de poder social han definido y gestionado
tanto la salud como el patrimonio, así como la paradoja existente entre lo
que el propio sistema propone como determinantes de la salud pública y el
desarrollo de su gestión.
Recuperamos, desde la experiencia y memoria personal, el contenido del
legado matrilineal en salud, tanto en la cultura popular como en los hábitos
y prácticas cotidianas, que van desde el territorio y su gestión-expresión en
lo agroalimentario, a la población con sus costumbres y rituales culturales.
Con los objetivos de no perder la memoria, recuperar algunas de ellas para
el presente y actualizarlas y ampliarlas para la cultura y el bienestar futuro.
Por último, describimos la construcción actual en Andalucía por parte de los
colectivos ciudadanos de nuevos contenidos a esos legados, abriendo así la
puerta hacia un futuro que preserve a un tiempo nuestra identidad desde el
pasado, lo integre y lo amplifique con dignidad.
Towards a Holistic Approach to Health as Heritage
ABSTRACT
We explore and present the so-called health heritage of our country, Andalusia, in terms of both knowledge and popular
practices. To do this, we must contextualize and restore meaning to the terms health and heritage in the present day. We
introduce the term holistic health, and considering the origin of its knowledge and practices, both present and past, we
propose the term matrilineal legacy as complementary to the term heritage, with the aim of looking at the reality of 21st
century Andalusia and to understand it in all its human dimension. We show how social structure/power has defined and
managed both health and heritage. We also highlight the paradox between what the system itself proposes as factors
determining public health and the development of its management in this regard. Likewise, we recover the memory of the
content of heritage and matrilineal legacy, both in popular culture and in everyday habits and practices, ranging from the
territory and its management and expression in agri-food, to the population customs and cultural rituals. With the objectives
of not losing our memories, recovering some of them for the present, and updating and expanding them for the future culture
and well-being of Andalusia and the world. Finally, we describe the current construction, by citizen groups in our land, of new
contents for these patriarchal and, at the same time, matrilineal legacies, opening the door to a future that preserves our past
identity, integrating and amplifying it with dignity.
La salud es la plenitud armónica del
individuo y de la comunidad de los
individuos
La salud es un patrimonio personal, familiar, comunitario, universal. Se nos
ha olvidado.
Inundados de impactos llamados información, mil consignas enviadas desde
toda clase de dispositivos audiovisuales, una farmacia en cada esquina, de
vez en cuando un herbolario, miles de fármacos anunciados como si se tra
taran de la “píldora de la felicidad”, en venta como si fueran el último perfume
de moda. Ofertas inacabables en las redes con toda clase de recetas mági
cas para aliviarse, curarse, para ser más feliz.
A la par, en la Unión Europea el suicidio es la primera causa de muerte
en jóvenes de entre 15 a 29 años (Ministerio de Sanidad 2023). En
España, más de la mitad de la población mayor de 15 años declara padecer
alguna enfermedad o problema de salud crónico, y entre el 15 % y el 20 %
de la población infantil presenta al menos una enfermedad crónica (INE y
Ministerio de Sanidad 2023). El consumo de psicofármacos en España se
sitúa entre los más elevados de Europa: aproximadamente el 22 % de la
población adulta consume este tipo de medicamentos (Teruel Muñoz 2023;
OCU 2024). Siguen siendo bajos los índices de lactancia materna, mien
tras van aumentando los partos quirúrgicos y la lactancia artificial, de la
mano de más enfermedades infantiles autoinmunes y crónicas. La segunda
causa de muerte en Europa y la cuarta en España es el sobreconsumo
de fármacos (Gervás y Pérez Fernández 2013). El gasto sanitario es el
más alto de la historia -más de 100.000 millones de euros en 2024- y, del
mismo, un 25 % es en medicamentos (Laporte 2024). Todo ello en la lla
mada “sociedad del bienestar”. Estos datos deberían bastarnos para pre
guntarnos qué está pasando: ¿es más saludable una sociedad cuanto más
invierta en fármacos? ¿es razonable gastar la cuarta parte de nuestro pre
supuesto sanitario en la industria farmacéutica y al mismo tiempo gene
rar más enfermedades y más sufrimiento? ¿dónde está nuestro patrimonio
en salud y qué hemos hecho con él? ¿podemos recuperarlo? ¿para qué y
cómo? Trataré de responder a estas preguntas a lo largo de este artículo
desde mi experiencia personal y mi trayectoria profesional como médica y
educadora de y para la salud.
RELACIÓN ENTRE EL SISTEMA DE PODER Y EL PATRIMONIO EN
SALUD
En relación con la salud, podríamos afirmar que es mucho más lo que nos ha
ofrecido la sabiduría popular a lo largo de la historia que la llamada ciencia
médica. Término, por cierto, aún en discusión, puesto que no es una cien
cia, sino un arte que se sirve de algunos aspectos de la ciencia y también de
la tecnociencia para desarrollarse. Ni todo el conocimiento válido está den
tro del marco académico y/o institucional ni todo lo que se ofrece desde este
puede ser considerado conocimiento válido. Mucho menos, puede ser con
siderado siempre como científico.
En el intento de reunir dos ámbitos tan apasionantes para mí como son la
antropología y la medicina, me doy de bruces con algo que atraviesa toda la
historia de la humanidad: el intento por parte de cualquier sistema de poder
imperante de apropiarse del saber y del conocimiento.
Obviamente, para ejercer cualquier función útil en la sociedad, se requiere
una formación, una cierta especialización, y por tanto se entiende que hayan
existido desde la noche de los tiempos los roles sociales que se ocupaban en
las diferentes sociedades humanas del cuidado de las personas enfermas:
desde la chamanería y la brujería, el sacerdocio, pasando por el curanderismo
hasta la medicina. Sin embargo, hay un amplísimo saber popular en toda cul
tura que permite aliviar, cuidar, prevenir la enfermedad e incluso recuperarla,
sin que sea precisa siempre la presencia de la persona experta. Incluso en
muchos lugares y momentos, el aislamiento geográfico o la situación sociopo
lítica han obligado a prescindir de estas figuras sin que eso se haya traducido
necesariamente en un empeoramiento de la salud de la población.
Sin embargo, no podemos limitarnos a nombrar en manos de quién está
oficialmente asignado el cuidado de la salud y la enfermedad en una socie
dad, porque seguiríamos manteniendo una concepción muy estrecha del
término salud.
Si nos detenemos en la palabra patrimonio, la etimología nos arroja una
luz que nos deslumbra: viene del latín patri (“padre”) y monium (“recibido”),
es decir “lo recibido por línea paterna”. Deslumbra porque estamos preci
samente indagando en el concepto salud, que a lo largo de toda la histo
ria estuvo mayoritariamente a cargo de las mujeres. De manera que, para
hablar del legado histórico sobre la salud, usar la palabra patrimonio podría
ser paradójico. Es tan paradójico que daría pie a un análisis muy intere
sante sobre el contenido real de ese legado, su desarrollo en la historia de
la humanidad y cómo la estructura patriarcal en la que nos movemos, y que
es también el legado de miles de años de historia, se encuentra en el nudo
de esta paradoja.
Hasta 1974, la definición de salud era la ausencia de enfermedad. Y, tras las
investigaciones de teóricos en salud pública como Lalonde (1974), Salleras
Sanmartí (1991) o Piedrola Gil, se llega a la definición aún vigente de la
Organización Mundial de la Salud (OMS): “Salud es el más alto estado de
bienestar físico, psíquico y social, y de capacidad de funcionamiento que
permitan los factores sociales en los que vivan inmersos el individuo y la
colectividad” (Piédrola Gil et ál. 1991, 5).
A pesar de esa definición –que, de ser llevada a la práctica por los sistemas
de salud pública de todos los países, supondría un aumento de los nive
les de salud inimaginables, y a la vez un ahorro incalculable en inversiones
sanitarias–, el sistema patriarcal que heredamos, sostenemos y padecemos,
lleva en su propia semilla la contradicción y la perversión de ese axioma. Y
es precisamente a causa de la gestión inspirada en los valores patriarcales
Modelo de salud pública de Lalondede rentabilidad, poder, consumo y superepecialización,
que nuestro sistema sanitario está herido de muerte, y el nivel de salud de la
población cae en picado en las últimas décadas.
Sin embargo, si vamos un poco más allá, hemos de reconocer, como se ha
señalado anteriormente, que han sido en su mayoría las mujeres las depo
sitarias y transmisoras del cuidado de la salud en el cotidiano, en las fami
lias; depositarias del saber popular, que han ido acumulando gracias a su
observación del entorno, a su función histórica de parteras y sanadoras, y
a su propia necesidad como mujeres y cuidadoras de la prole (Ehrenreich y
English 1981).
Desde esa realidad, cabría preguntarse si debería hablarse de saberes patri
moniales sobre la salud, o más bien de legado matrilineal de los cuidados de
salud. Tenemos experiencias recientes de comunidades rurales en nuestro
país que, por diferentes motivos socioeconómicos, no han tenido la cober
tura de ningún sistema de salud organizado en lo cotidiano y, sin embargo,
sus habitantes a lo largo de décadas no han padecido enfermedades o en
muy bajo grado de incidencia. Usando sólo los recursos de la observación
del entorno, la sabiduría de las mujeres y la farmacopea popular de la flora
del lugar (Cañada Zorrilla 2007).
Es tan amplia la literatura al respecto, que pareciera inútil toda alusión a
la misma. Sin embargo, ya en el siglo XXI, y sólo tras apenas medio siglo
de predominio de la medicina tecnocráctica, nombrar palabras como sana
dora, partera, curandera, sigue siendo altamente sospechoso de ignorancia,
prejuicios, falta de rigurosidad cuando menos. Si además usamos términos
como naturopatía, medicina natural, homeopatía, medicina china, en nuestro
país podemos encontrar toda clase de epítetos en ciertos círculos, que van
del menosprecio a la difamación.
El término de pseudociencia se ha acuñado muy recientemente en nues
tra historia. Precisamente suele venir usado por personas ignorantes de lo
que es cada una de esas ramas del arte de la curación. Ramas que tienen
su origen en raíces y troncos mucho más antiguos que la llamada ciencia
médica, recién llegada aún a la historia de la humanidad.
Esas raíces se remontan a milenios en todo el globo terráqueo: desde
Mesopotamia a Egipto, China, Japón, India, a las solo centenarias y más
recientes (la antigua Grecia, Roma, la tradición árabe-andalusí, por no
hablar de todas las culturas precolombinas al otro lado del Atlántico).
Analizar este fenómeno sería tal vez parte de otro artículo en otro con
texto1. Pero es obligado citarlo aquí, puesto que el término holístico es
objeto asimismo de esa crítica feroz e ignorante. Y mi propia trayectoria
como médica y profesional de la salud familiar y pública me lo exige.
Parto en casa. La partería es el modelo de cuidado
de la salud que acompaña a las mujeres de manera
integral durante el embarazo, el parto y el posparto
ORIGEN DEL LEGADO. PATRIMONIO MATRILINEAL. DE LO MICRO A
LA MACRO
Mi legado me lleva obviamente a mi origen familiar, social, geográfico e his
tórico: Sierra Mágina –al sur de Jaén–, años 50 y 60 del siglo XX, familia y sociedad campesina olivarera, con un analfabetismo del 80 al 90 %
de la población, especialmente la femenina. Economía de supervivencia sin
horizontes de progreso cultural ni económico ni para adultos ni para jóvenes. Emigración masiva hacia Europa o zonas industriales de la Península.
Sin teléfonos; a lo sumo, una centralita para todo un pueblo, que sólo se
usaba para emergencias. Familias disueltas, partidas o, como denominamos
actualmente, desestructuradas: hombres que emigran de manera tempo
ral o indefinida permaneciendo en los pueblos las madres, abuelos y abue
las, hermanos y hermanas, novias, esposas, hijos e hijas, con necesidad
de noticias y contacto con su hermano, novio, hijo, esposo, padre. En casi
cada barrio o pueblito había unas pocas personas que podían escribir y leer
correctamente. A veces una sola, a veces ninguna. Menos aún que además
quisieran poner ese saber a disposición de los demás, al servicio de lo comu
nitario. Mi madre fue una de ellas. Una niña –como la mayoría en la época
que, a los 13 años, estuvo obligada a dejar la escuela y adquirir múltiples
responsabilidades de adulta. Pero era inteligente, había aprovechado muy
bien su instrucción escolar primaria, tuvo siempre curiosidad por el saber; y
su capacidad de aprendizaje y generosidad le alcanzaba para ofrecer todo
eso a su entorno. Se convirtió en la persona que más cartas leyó y escribió
para las otras personas en un pueblo de 5.000 habitantes. Hasta que descu
brió que sería menos cansado, y mucho más satisfactorio y útil para el con
junto, enseñar a hacerlo. Yo fui testigo en la mesa camilla de nuestra casa
de todo ese ir y venir de mujeres de todas las edades buscando, en primer
lugar, ayuda para comunicarse con sus seres queridos, para luego avanzar
con ilusión hacia su propia capacidad de hacerlo de manera autónoma. Con
apenas 7 años, además de testigo, me convertí en su “cómplice”. Mayores
que me reclamaban en sus casas para leerles y escribirles cartas. Más tarde,
niñas y niños también necesitaron de mi ayuda. Eran descendientes de quie
nes se habían ido y debían sustituirles en las tareas del campo, ayudar en
la crianza de las personas mayores o en cualquier otro trabajo que contribu
yera a la economía y supervivencia familiar. No podían seguir su escolariza
ción con normalidad.
Esta experiencia fue muy poliédrica, con infinidad de matices. Me descubrió
la existencia de diferentes clases sociales (algunas no estaban obligadas a
emigrar y abandonar su casa y sus familias, mientras otras muchas otras
sí); que esa misma población no sólo carecía de recursos económicos sino
también de muchos otros, entre ellos, el más elemental para mí entonces:
el de la lectoescritura. Algo que para mi familia era natural (la posibilidad de
comunicarse con seres amados a distancia), para la mayoría de la pobla
ción era sencillamente inaccesible. Con esta labor fui depositaria de multitud
de noticias, expresiones, reflexiones, preguntas de personas adultas para
otras… y, sin apenas percatarme, fui adquiriendo conciencia de la econo
mía, lo rural, lo urbano, lo industrial, la ignorancia, la cultura, la soledad…
de cómo la vida toda era un entramado. Todo estaba estrechamente entre
tejido, hasta el punto de entender cómo la alegría, la tristeza, las noticias
buenas o malas, las dificultades... podían generar bienestar o malestar, sufri
miento o felicidad. A veces, sólo ver la expresión de sorpresa, satisfacción,
pura felicidad en sus caras cuando conseguían descifrar por sí mismas una
letra, una palabra o una frase, era toda una revelación. Esa vivencia quedó
en mi memoria, formando parte del sustrato de quien soy. Del patrimonio de
mi origen. Debería decir con más precisión mi legado matrilineal que marcó
mi vida para siempre. No en vano, posteriormente, en etapas cruciales de mi
vida y en diferentes comunidades humanas y geografías, la alfabetización
fue siempre una de mis tareas prioritarias que a su vez más me completaron
como persona y como médica dedicada a la salud pública y comunitaria. Y
es que, en realidad, gran parte del trabajo más eficaz en salud pública y pre
ventiva se hace alfabetizando a la población en el ámbito de la salud.
De ahí que mi práctica como médica de salud familiar y comunitaria (fun
damentalmente desde el Centro de salud Artemisa, sito en la localidad de
Arcos de la Frontera en Cádiz y que dirijo desde hace 35 años) haya sido
siempre un entramado difícil de delimitar entre la práctica asistencial indivi
dual y la educación en y para la salud. Ha sido en mi trayectoria profesional
fundamental la formación en salud dirigida a diferentes colectivos ciudada
nos, desde mujeres de barrios populares en las escuelas de alfabetización
de personas adultas a grupos de mayores, niñas y niños en escuela pri
maria, jóvenes adolescentes en institutos, personas universitarias en forma
ción, así como profesionales de la salud y los servicios sociales. En todas
las capas sociales, en todos los niveles académicos. Mi objetivo ha sido no
sólo ampliar la información y la formación de salud entre la población y los
profesionales sanitarios, sino formar y generar auténticas agentes de salud
que provocaran un efecto multiplicador entre la población. La OMS define
agente de salud como una figura no estrictamente sanitaria, pero cercana
a la población, que dinamiza y es puente entre los servicios de atención e
información sanitaria y social y dicha comunidad, cuyos objetivos son edu
car, prevenir y promover estilos de vida saludables, y ayudar a la población
y liderarla para empoderarse desde sus propios recursos, y facilitándoles el
acceso a los recursos sociosanitarios (OMS 2019). Esto debería incluir ayu
dar a recuperar la memoria y la sabiduría ancestral de cada comunidad, es
decir, las prácticas, hábitos, rituales, artes y, en definitiva, el patrimonio cul
tural material e inmaterial de la población relacionado con los cuidados, el
bienestar y la salud comunitaria. Un patrimonio que incide en su bienestar y
que puede incluir desde un ritual funerario, que permita encauzar y proce
sar el duelo de manera colectiva, hasta un baile o canciones, que ayuden a
expresar y canalizar las emociones que impregnan el cotidiano en lo indivi
dual y en lo colectivo del ser humano.
Estamos asistiendo a una medicalización creciente de todos los momentos
de la vida: se dan psicofármacos de manera habitual a personas que aca
ban de perder a un ser querido (sea por muerte, separación o divorcio), se
medicaliza sistemáticamente el momento del nacimiento-parto y se institu
cionalizan los llamados “protocolos” médicos como sustitución de rituales
ancestrales ausentes o despreciados en nuestra civilización, dejando a la
población en la soledad, en aislamiento emocional, en estado de anestesia
cronificada de emociones y sentimientos, situación generadora de angustia,
con síntomas psicofísicos, que es caldo de cultivo subyacente a la inmensa
epidemia creciente de ansiedad en todo Occidente (Davis-Floyd 2009).
SOMOS SERES BIOPSICOENERGÉTICOS. BASES DE UNA VISIÓN
HOLÍSTICA DE LA SALUD
Si la salud es considerada por la OMS como la conjunción del estado de
bienestar físico, psíquico y social, los determinantes de salud así lo han con
firmado. El modo de vida y el medio ambiente condicionan en casi el 80-90
% la salud de la población (OMS 2025). Mientras tanto –en una nueva e inex
plicable paradoja–, la mayor parte de la inversión pública de los gobiernos
occidentales en salud se concentra en los sistemas asistenciales y sanita
rios. De ese gasto sanitario público, en España la atención primaria tan solo
representó alrededor del 14 % (Ministerio de Sanidad 2024). Desconocemos
los datos de inversión pública en educación de salud porque las cifras no se
presentan desagregadas.
El término “holístico” procede etimológicamente del término griego Holos, que
significa la totalidad. Totalidad no sólo en el sentido de la suma de las par
tes, sino fundamentalmente de la interacción entre ellas. En un sistema vivo,
no es posible comprender una de sus partes sin tener en cuenta al conjunto
porque, tal y como sucede con los seres humanos, en el momento en que se
entra en contacto con otro ser o parte distinta, dejas de ser el que eras para
crear o entrar en contacto con otra parte de la realidad. La física cuántica está
ampliando enormemente esa idea que podemos explorar sobre todo cuando
se adentra en el concepto de campo. Autores como Pert (1997), Lipton (2016)
o Ballester Rodés (2024), lo exploran ampliamente aplicándolo al mundo de
la medicina, la neurología, la psicoinmunoneuroendocrinología, la salud.
Si acudimos a otras definiciones de salud, una de las más holísticas es la del
doctor Jordi Gol y Gorina, que propuso en los años 70 del siglo XX2: “Para
mí, salud es la plenitud armónica del individuo y de la comunidad de los indi
viduos. Por ello soy no solamente partidario, sino también uno de los padres
de aquella definición de salud que la entiende como aquella manera de vivir
que es autónoma, que es solidaria y que es gozosa” (Borrel Carrió 2005).
¿Cómo es posible que, con ese reconocimiento explícito, proveniente del
ámbito científico-médico más académico y reconocido, esta visión de la
salud fuera completamente negada y olvidada en nuestra formación como
profesionales de la salud y en nuestra práctica médica?
Responder a esta pregunta me ha llevado la mitad de mi vida profesional.
Me resistía desde la ingenuidad de mi profunda vocación a aceptar que fuera
sólo por motivos económicos. Por supuesto es más complejo. Por eso he
precisado otra mitad de la vida, mucha investigación, alguna valentía y la
necesidad de divulgarlo en mis publicaciones para procesarlo. Porque eso
que se expone sólo en unos cuantos números y en unas pocas frases tiene
el alcance de resumir fríamente la explicación de muchas injusticias y sufri
miento humanos inútiles. Porque habla de lo que se hace y del sinsentido
de un gasto desproporcionado en lo que no es la causa de las enferme
dades. Porque también niega, obvia y olvida una vez más que la salud no
depende ni es patrimonio del sistema, sino de las personas, de la comuni
dad. Patrimonio inmaterial, valiosísimo, invaluable y holístico. Y ya podemos
añadir: y legado matrilineal.
Como he comentado antes, mi legado personal y familiar me condujo, sin
yo saberlo, a comprender el cómo y el porqué de los niveles de salud de la
población y, sobre todo, a la necesidad de hacerlo en contacto directo con las
La salud se entiende como aquella manera de vivir
que es autónoma, que es solidaria y que es gozosa
(Borrel Carrió 2005)
Físicos
Alimentación
Ejercicio
Respiración
Relajación
Actividad-Descanso
Agua
Tóxicos
Energías libres
Sexualidad
Agresiones
Accidentes
Embarazo
Parto
Nacimiento
Lactancia
Psíquicos
Relaciones
Autoestima
Creencias
Expresión de emociones
Estrés
Roles familiares
Miedos
Soledad
Autonomía
Sociales
Cultura
Estudios
Paro
Trabajo
Política
Agricultura
Economía
Redes sociales
Guerra
Dependencias
Malestares
Embarazo
Parto
Nacimiento
Lactancia
Contaminación
Factores determinantes de salud
Aspiraciones
Expectativas
Ocio
Contaminación
Sistema sanitario
personas. También contribuyó a centrar mi trabajo, a desvelar de qué y de
quién dependía la salud de la población, de cómo estaba totalmente entre
tejida con su manera de vivir, sentir, pensar y actuar, y desde ahí, cómo pre
servarla y recuperarla. En realidad, nadie puede curar a nadie. Los antiguos
griegos ya hablaron de la Natura Vis Medicatrix: sólo la propia naturaleza
puede curar (Alfonso 1976). Basta con ofrecer las condiciones adecuadas
para poder reorganizarse, resetearse, recuperarse, curarse.
En cualquiera de los múltiples foros en que he intervenido sobre salud y sus
condicionantes, he convocado frecuentemente al público de la sala a enu
merar conjuntamente en una “tormenta de ideas” qué aspectos de la vida les
hacían sentirse mejor, peor, sufrir, avanzar… en definitiva, los aspectos que
pudieran asociar a lo que entendemos como sentirse bien o sentirse mal.
Miles de personas, de cualquier nivel académico o socioeconómico, cien
tos de grupos humanos, en cualquier parte del país, del continente, repetían
una y otra vez los mismos. En la tabla adjunta, los enumeramos y clasifica
mos según su propia intuición o deducción en tres bloques: físicos, psíqui
cos y sociales.
Con el objetivo de mostrar a la población en general, y a la academia en
particular, la idea del sentido holístico de salud, diseñé un sencillo esquema
para un pequeño artículo3 que realicé antes de acabar
mis estudios de medicina y que estaba inspirado en los grandes filósofos y
médicos que nos precedieron y que fueron recuperados en el siglo XX por la
medicina antroposófica (Steiner 1980).
A pesar de todo lo dicho sobre el paradigma biopsicosocial reconocido aca
démicamente en la medicina en torno a la salud, en nuestras facultades
de medicina, ya avanzado el siglo XXI, se sigue transmitiendo un discurso
epistemológico basado en el reduccionismo materialista y organicista. Sin
embargo, en la calle, la consulta, las familias, en cualquier grupo humano
donde intervengo, se entiende inmediatamente que es irreal ese concepto
de salud y enfermedad. Y, al igual que los factores que intervienen en el
estado de salud se reconocen de forma inmediata y ágil, también se com
prende fácilmente que lo físico, lo psíquico y lo energético se encuentran
íntimamente entrelazados. Se entiende que son tres dimensiones que com
partimos con todos los reinos de la naturaleza: el físico con el mineral; el
energético con el mineral, el vegetal y el animal; y el psíquico con el animal.
Hasta donde sabemos hoy. Además, existe una dimensión que sólo reco
nocemos actualmente en los humanos: la espiritual; o la conciencia o el yo.
Sólo el ser humano es consciente de sí mismo. Sólo el ser humano puede
observarse, pensarse, sentirse como ser único y parte de un todo, puede
comunicarse verbalmente, elaborar ideas, conceptos, transmitirlos y crear
y generar una cultura que trasciende. Toda esa complejidad es. Y condi
ciona, para bien y para mal el sentir, el pensar y el vivir del ser humano,
con todas las consecuencias que de ello se derivan. En sí mismo y en inte
racción con sus semejantes. Es incomprensible que toda esta compleji
dad no encuentre cabida en nuestro paradigma actual médico hegemónico
y filosófico; mucho menos en nuestro sistema médico. Sencillamente, se
obvia, no existe. A lo sumo que llegamos en ciertos ámbitos en las últimas
décadas es a nombrar el estrés como causa posible de influencia en cier
tas enfermedades. Y se deja para los “pseudocientíficos” el resto. Es decir,
una realidad aplastante: que somos seres biopsicoenergéticos con con
ciencia, que cada una de esas dimensiones nos afecta, nos diseña, nos
lleva hacia la enfermedad y/o la salud, seamos o no conscientes de ello.
Tal vez esto explique por qué mucho más de la mitad de la población mun
dial sigue buscando curación, alivio, bienestar y paz más allá de los lími
tes que marca el sistema, aunque este mismo descalifique, critique, ignore
y menosprecie esa búsqueda, por otra parte, legítima, comprensible y, fre
cuentemente, útil.
DE LOS SABERES Y PRÁCTICAS PATRIMONIALES A LAS PRÁCTICAS
Y SABERES MATRILINEALES. DEL PASADO AL FUTURO
En nuestro sur, Andalucía, tradicionalmente ligado a la tierra, con una fuerte
importancia del campesinado, y con modos de vida y culturas milenarias,
aún podemos encontrar muchos vestigios de los saberes populares vincula
dos a la salud, el bienestar y el cuidado de las personas. Cada vez menos,
es cierto. Porque la memoria se está perdiendo, entre el menosprecio general hacia lo que se considera superstición, ignorancia o creencias mágicas, y
la invasión de nuevas “nuevos dogmas” y la sobreinformación –no siempre
fiable– a través de las redes.
Si tomamos como referencia los ya mencionados factores determinantes de
salud contemplados por la OMS, encontramos en la cultura andaluza sabe
res y formas de vida que los sustentan. No los nombraremos todos (segu
ramente hay muchos más de los que mencionemos) ni los analizaremos.
Únicamente, recuperaremos algunos para la memoria.
Nos detendremos básicamente en varias dimensiones de nuestra cultura:
los saberes relacionados con la alimentación/sistema producción agrícola;
las formas de sociabilidad; y la reproducción/cuidados.
Revisando nuestras tradiciones culinarias y gastronómicas, encontramos
auténticos saberes que, si fueran cuidados, recuperados, difundidos y valo
rados como se merecen y necesitamos, podrían acabar con muchas de las
enfermedades más frecuentemente asociadas a las sociedades industria
lizadas. Los actuales estilos de vida, sin tiempo para cocinar, el sistema
mundial de producción y distribución de alimentos, unido a los intereses
de las grandes cadenas comerciales alimentarias, los trust agroalimenta
rios, la industria del ocio, con la ayuda de los medios de comunicación...
están acabando con esa riqueza ligada al patrimonio de la alimentación.
Podemos reconocer algunas costumbres y usos que están en declive o
directamente hemos perdido.
Asombra ver que los higos caen de las higueras y nadie los recoge, mien
tras que los pocos que pueden comprarse no tienen sabor alguno. Lo mismo
sucede con los higos chumbos, ya casi desaparecidos a causa de la terrible
plaga de la cochinilla. Las moras ni se ven, ni se cogen, ni se comen. Las
naranjas se ven tiradas en muchísimos lugares en nuestro sur sin que nadie
se tome el trabajo de recogerlas. Mientras se compran a precio de oro en las
zonas industriales y en Europa. Y así una larga serie de alimentos de primer
orden, cuyo valor nutricional es indiscutible, que se desconocen, ignoran o
menosprecian. El valor económico, nutricional y de salud de cualquiera de
esos productos frescos (como los de la verdolaga silvestre, las alcaparras,
los alcaparrones, los espárragos...) no es despreciable. Apenas quedan ves
tigios de esas prácticas saludables y valiosas.
Otra tradición muy arraigada en la cultura alimentaria andaluza es la matanza.
Las matanzas, tan comunes en nuestra infancia de los años 50 y 60, incluso
de los 70 y los 80 del siglo pasado, en ciertas zonas de Andalucía, eran ritua
les que no sólo consistían en la elaboración de alimentos de muy alta calidad
nutricional para la familia, que además ampliaban los recursos de la econo
mía doméstica, sino que añadían un componente invaluable como patrimo
nio de salud comunitaria: la reunión y celebración de la familia en torno a la
matanza, la fiesta y la alegría compartidas con el vecindario y las amistades
durante días. Aunque las grasas animales estén tan denostadas en la cul
tura actual de “lo light”, está más allá de toda discusión que son infinitamente
más saludables que todo lo que se comercializa en comidas ultraprocesa
das, precocinadas, con carne proveniente de granjas industriales, embutidos
elaborados con conservantes, colorantes y otros ingredientes… formas de
producción de alimentos que nos llevaría a un tema tan amplio como revela
dor que es el de la alimentación actual (Olea 2025).
Lo resumiremos en que las consecuencias del actual sistema agroalimenta
rio y de los hábitos de consumo de la población al respecto son generado
res de múltiples enfermedades que van desde la infertilidad a las alergias
de todo tipo, enfermedades autoinmunes, cáncer, Alzehimer, pasando por
diabetes, obesidad o hipotiroidismo (Porta 2018). Es de tal calado que los
expertos en salud pública hace décadas que advierten que sólo mejorando la
política y educación agroalimentaria se podría hacer desaparecer y/o mejo
rar en un 80 % la mayor parte de enfermedades actuales, llamadas enferme
dades de la civilización. Las amplias, profundas y diversas consecuencias de
este sistema agroalimentario van desde las macroeconómicas a las econo
mías familiares, los niveles de incidencia de enfermedades crónicas, el gasto
público sanitario, los niveles de sufrimiento entre la población…
Si enfocamos sobre lo que aún preservamos del patrimonio-legado matrili
neal relacionado con la alimentación, nos queda mucha riqueza: el gazpa
cho, las aceitunas, los encurtidos, el salmorejo, el ajoblanco, los espetos de
sardinas, la pipirrana, la porra, las migas, las gachas, mucha de la repostería
casera y de tradición andalusí... Un amplio patrimonio gastronómico anda
luz basado, fundamentalmente, en la rica tradición hortícola y pesquera.
Tenemos la responsabilidad de seguir preservando y ampliando ese patri
monio y recuperar en lo posible los saberes relacionados perdidos.
En relación con la recuperación de este conocimiento, y en aras de garan
tizar una alimentación saludable, es importante señalar la conveniencia de
fomentar la agroecología que, a su vez, garantice la conservación del patri
monio agrario vinculado a este modo de producción. No podemos apoyar
nuestro patrimonio de salud sin revisar, reconvertir y apoyar el desarrollo
de todo el sector agroalimentario hacia lo ecológico, porque, sin esas con
diciones de producción los alimentos perderían todo su valor nutricional y,
por tanto, su riqueza esencial para clasificarlo como patrimonio de salud.
Por otro lado, la agroecología supone una oportunidad para la recupera
ción de los núcleos rurales y la empleabilidad de las mujeres con la apari
ción de pequeñas empresas relacionadas con el sector agroalimentario, o
la ganadería extensiva en un intento de dignificar y revitalizar el campesi
nado y la vida rural.
En relación con hábitos y usos culturales que repercuten positivamente en
la salud de las personas destacamos las formas de sociabilidad, algunas
características de Andalucía. Sencillas costumbres, que formaban parte del
estilo de vida y que han desaparecido o son excepcionales, como las sillas
“a la fresca” en la puerta de las casas durante los veranos de nuestra infan
cia, los juegos en la calle, vinculados a canciones populares, bailes, historias
cotidianas, los cuentos de los mayores en torno a la “lumbre”… costumbres
que favorecían varios aspectos simultáneamente: la transmisión oral de la
cultura, la comunicación intergeneracional, el alimento de la imaginación, la
expresividad de las emociones, la socialización en un contexto protegido...
Sin embargo, aún quedan muchas fiestas y rituales ligados al folklore anda
luz que nos reclaman su atención y la responsabilidad de preservarlas, visi
vilizarlas, dignificarlas y potenciarlas. Reflejan esa inmensa capacidad del
pueblo andaluz de transformar en motivo de encuentro, celebración y alegría
su dolor, sus pequeñas y grandes miserias.
La sabiduría ancestral de nuestro pueblo tal vez conocía, sin saberlo, la clave
de lo que la ciencia ha ido mostrando: que todas esas prácticas no eran
casuales, ni rituales meramente folklóricos, sino que tenían un sentido y un
propósito. La neurociencia actual muestra la existencia de los “neurotrans
misores del bienestar u hormonas de la felicidad” (Maris 2017). Es decir, un
flujo de endorfinas, serotonina, oxitocina, dopamina, etc., todas ellas liga
das de un modo u otro a la vida al aire libre, la comunicación e interrelación
entre personas, el baile, la música, el juego, los rituales religiosos, las creen
cias, el sentido trascendente de la vida. A su vez, todas ellas, generadoras
de bienestar, alegría, relajación, empatía, bajada de cortisol, y por tanto de
gran poder antiestrés, con todas las consecuencias que se derivan de ello:
bajada de tensión arterial, mejora del estado anímico y disminución de ansie
dad, analgesia natural, aumento de la capacidad de conexión, comunica
ción y vinculación, mejora del sueño y el descanso, aumento de la memoria,
aumento de la relajación, mejora de la empatía y las relaciones humanas…
Por último, detengámonos en el ámbito de la reproducción y los cuidados.
Hemos pasado de un sistema de cuidados, característico sobre todo del
mundo rural, centrado en redes de apoyo de mujeres (madres-abuelas-veci
nas), “la familia extensa”, en torno al hogar, a un modelo de familia nuclear,
urbana e industrial, aislada, sin redes de apoyo, en una sociedad donde
no existe un sistema de conciliación laboral y familiar real en el que tengan
cabida el trabajo de cuidados, que continúa invisibilizado. Que el trabajo de
cuidados, que sigue recayendo en las mujeres, no sea reconocido repercute
en las personas más vulnerables: las propias mujeres, las criaturas y las per
sonas mayores. La desatención a la primera infancia, a las personas enfer
mas y dependientes, a las personas ancianas. Nunca se ha dado un valor
económico al trabajo de cuidados, quedando invisibilizado, ni se ha valorado
como capital social.
Vivimos en una situación de abandono de las personas más vulnerables y de
grave crisis social. Es lo que se ha denominado “crisis de los cuidados” que
ha conducido al actual modelo de institucionalización, donde las tareas que
antes se llevaban a cabo en el interior del núcleo familiar se confían cada
vez más a especialistas externos (personas cuidadoras de niños y niñas y de
personas mayores, personal enfermero…) (Russell Hochschild 2013).
Como respuesta, van surgiendo iniciativas protagonizadas por mujeres que
responden a las necesidades de cuidados no cubiertas en torno a la idea y
la necesidad de acompañamiento, autoconocimiento, autonomía, conciencia
del cuerpo, respeto por los propios procesos.
Estas mujeres generan su propia cultura de salud: nacen grupos cuyo obje
tivo es el de acompañarse en ese camino hacia el bienestar y hacia sí
mismas. Mi experiencia en este sentido comenzó en Jerez de la Frontera
(Cádiz), con proyectos que marcaron y trascendieron. Es paradigmático el
programa Mujer y Salud, que contó con el apoyo del propio Ayuntamiento de
Jerez para la promoción de la educación y la prevención de salud con pers
pectiva de género. El programa Mujer y Salud nace al inicio de los años 90
del pasado siglo y marca el comienzo de una fórmula de dinamización de
grupos de mujeres que hoy continúa extendiéndose. Se inició con la par
ticipación de las personas usuarias, y se continuó con la de las profesio
nales. Las bases de este programa se sustentan en el nuevo paradigma
de salud holística que estamos exponiendo. Posteriormente, se organizaron
otros cursos para la formación de “agentas de salud” con la finalidad de que
las mujeres asistentes continuaran la transmisión de lo aprendido a la pobla
ción. La intención es que sea la propia población la que actúe como cadena
de transmisión. Se trata de una experiencia de salud comunitaria desde lo
público (que en sus inicios tuvo el apoyo de la administración local) que pudo
disfrutar un número amplio de personas, y que, además, más importante
aún, pudo trascender y generar un movimiento de educación para la salud
que actualmente continúa extendiéndose por toda la provincia de Cádiz4.
Nos referimos a la existencia y multiplicación de innumerables colectivos,
como círculos de mujeres, grupos de apoyo a la lactancia materna, grupos
de consumo en torno a personas que producen alimentos ecológicos, o gru
pos de familias que se autodenominan “tribus (seguramente en un intento de
recuperar, desde la memoria colectiva, el sentido de “formar parte de” y las
redes de apoyo para la crianza con ayuda del grupo). La finalidad es crear
espacios donde se atiende las necesidades de cada persona y del grupo en
su conjunto, focalizando la atención en los cuidados, en las necesidades,
en los procesos personales y grupales; donde el acompañamiento, tanto en
la salud como en la enfermedad, sea lo prioritario. Se promueve el desarro
llo de la autonomía en la gestión de la salud, desde el conocimiento de los
procesos naturales, la prevención y la desmedicalización; el fomento de la
“materpaternidad” consciente a través de redes de apoyo mutuo; y se divul
gan y ponen a disposición recursos de la “sabiduría popular” para dolencias
comunes. En definitiva, el objetivo final es el empoderamiento individual y
colectivo, a través de la información y la formación, frente a la dependencia
y poder aplastante de la farmaindustria en la gestión de la salud.
En esa misma línea, hemos visto cómo procesos naturales como el naci
miento y la muerte han sido desplazados hacia las instituciones sanitarias.
Se les ha extraído gran parte de su contenido como experiencia humana,
familiar y trascendente. Justificados como actos médico-quirúrgicos nece
sarios en nombre de la seguridad y el bienestar, se han “profesionalizado”
y, con ellos, gran parte del sistema de cuidados (Foucault 1989). Sin negar
la ayuda y mejoras que haya podido suponer este desplazamiento, es nece
sario reconocer otras consecuencias no tan beneficiosas. Por un lado, se
ha transformado el sistema de cuidados público, creado para apoyar y sos
tener a la población necesitada, en un sistema que tiene más de mercanti
lista, consumista e industrial que de protección de las vulnerabilidades. Este
aspecto es fundamental y merece una atención especial, tanto por su ampli
tud y profundidad, como por su inmensa repercusión en la salud a corto y
largo plazo de toda la población, además de por sus repercusiones econó
micas, sociales, antropológicas y simbólicas.
Nombraremos algunos de los aspectos más relevantes: desde la cada vez
más tecnologizada asistencia a los nacimientos, que ha disparado los partos
quirúrgicos muy por encima de lo que la salud pública considera justificado,
con todas las graves y numerosas repercusiones y secuelas yatrogénicas
sobre la salud madre-bebé (Fuentes Caballero 2021), a unos índices de
lactancia materna que, si bien se han recuperado en las últimas décadas
desde un modelo dominado por la lactancia artificial en los años 90 del siglo
pasado, aún siguen siendo bajos (INE y Ministerio de Sanidad 2023). Las
invaluables consecuencias de esta realidad necesitarán muchos lustros para
llegar a revelar el trágico y pesado alcance que tendrán sobre la salud y el
desarrollo de la sociedad actual y futura.
Esta profesionalización de los cuidados se extiende a la crianza, normalizando
así que las criaturas pasen la mayor parte de su infancia en centros de edu
cación infantil en los que no siempre se proporciona una atención individuali
zada, cálida y amorosa que garantice su pleno y saludable desarrollo. Nunca
como ahora se había producido la enorme pandemia de medicalización de la
primera infancia, con graves repercusiones en el aprendizaje y el desarrollo
futuro. Jamás semejante cantidad de trastornos del aprendizaje, enfermeda
des crónicas precoces, trastornos psicoemocionales en la pubertad y adoles
cencia, incidencia cada vez más elevada de suicidios juveniles. Muy diversos
autores, desde mitad del siglo pasado, como W. Reich, venían advirtiendo de
esta situación (Odent 1986). Es la crisis de los cuidados ya mencionada lle
gando a la versión seguramente más cruel de lo que realmente es la cultura
patriarcal en el cotidiano: el abandono de las personas más vulnerables de
la sociedad (criaturas y mayores, personas enfermas o con limitaciones y/o
dependencias). Llámese hospital, centro de educación infantil, residencia de
ancianos, sistemas sociosanitarios “externalizados”... todos ellos deberían ser
revisados en profundidad y reformulados. Cuestión imposible si no se refor
mula el sistema en su conjunto: la real conciliación de la vida laboral y familiar,
la visibilización y puesta en valor del trabajo de cuidados. Donde los sistemas
de atención y cuidados sociosanitarios puedan ser suficientes, públicos, de
calidad, coordinados y apoyando a las familias en sus necesidades.
Desde el nacimiento a la muerte. Porque esa es la última y más trascen
dente de las experiencias humanas, que está siendo desposeída de los cui
dados que, sin ser perfectos ni profesionales, la dotaban a lo largo de toda
la historia de significado, respeto y dignidad. Hacer el tránsito en compañía
de la gente que amas, en tu espacio vital, en tranquilidad y seguridad. Con
los rituales que las creencias y la necesidad de cada quien pueda necesitar.
Con esta inspiración, y desde el bagaje de décadas trabajando en esa direc
ción, nació hace un año, y se está desarrollando una iniciativa andaluza y
gaditana en Arcos de la Frontera, con vocación de construir y darle forma a
un proyecto intergeneracional, insertado e integrado en el territorio que acoja
personas, iniciativas y sueños desde y para el legado de bienestar, desarro
llo y salud comunitarios, la Fundación Marta T.F.Tejiendo Futuro.
La forma en que una sociedad recibe y despide a sus integrantes define los
valores que como civilización sostienen el recorrido entre ambos momentos.
Y ese es el auténtico legado a preservar, a recuperar, a ampliar, a dignificar.
Llamémosle patrimonio, legado matrilineal, o sencillamente legado humano.
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